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Happy Gilmore 2: Una secuela que golpea fuerte, pero sin hacer hoyo en uno

  • Foto del escritor: Deyvid Hernandez
    Deyvid Hernandez
  • 28 jul 2025
  • 4 Min. de lectura

Adam Sandler regresa al green con una comedia que no reinventa el juego, pero sí recuerda por qué nos enamoramos del swing más salvaje del golf.


En 1996, Adam Sandler cambió para siempre la forma en la que veíamos las comedias deportivas con Happy Gilmore, una cinta que mezcló el humor físico del slapstick con una irreverencia tan desbordante como entrañable. Su personaje principal, un golfista furioso con alma de luchador de hockey, no solo se convirtió en un ícono instantáneo del cine noventero, sino también en el molde que definiría el estilo cómico del actor. Ahora, Sandler desempolva los palos de golf para ofrecerle a su excéntrico personaje un regreso triunfal con Happy Gilmore 2, una secuela que actualiza el contexto, conserva su esencia humorística y logra arrancar carcajadas con eficacia, aunque queda a unos pasos de convertirse en el “hoyo en uno” que muchos esperaban.


La historia se sitúa 30 años después de los eventos originales, con un Happy ya envejecido que, tras una tragedia personal, vive alejado del golf como un alcohólico que trabaja en un supermercado y cría solo a sus cinco hijos. En medio de este caótico panorama, el exgolfista se verá obligado a regresar al campo para costear los estudios de danza de su hija y enfrentar a un joven magnate que amenaza con destruir la esencia competitiva del deporte, pero antes, deberá recuperar el respeto de sus colegas y, por supuesto, ese poderoso swing que lo hizo legendario.

Entre los aspectos más destacados, el regreso de Adam Sandler como protagonista resulta espectacular. El actor encarna una versión más madura de Happy Gilmore, con matices melancólicos y afligidos, sin perder el temperamento explosivo, el carisma innato, el lenguaje vulgar ni el comportamiento insolente que tanto cautivó al público. Esta vez, no seguimos a un joven con buenas intenciones que intenta salvar la casa de su abuela, sino a un hombre de cincuenta años que lidia con problemas reales de manera burda pero sorprendentemente lúcida.


El elenco secundario, aunque irregular, ofrece varias interpretaciones memorables. Sunny Sandler —hija del actor en la vida real— interpreta a Vienna, la hija de Happy, consiguiendo un equilibrio notable entre dulzura y determinación. Su personaje transmite calidez, compasión y fuerza, con una química innegable con Sandler que, más allá del vínculo familiar, se traduce en una actuación genuina y entrañable. Por su parte, Bad Bunny, interpretando a Óscar, el nuevo caddie de Happy, es una sorpresa grata que lo reivindica totalmente de su fallido cameo en Bullet Train, explorando aquí una faceta más cómica del cantante donde, con picardía latina y una personalidad torpe, simpática y reservada, entrega una actuación memorable en cada escena que lograr estar a la altura de su protagonista.

Narrativamente, Happy Gilmore 2 no pretende reinventar el género, pero eso no juega en su contra. Al igual que su predecesora, se apoya en un humor ridículamente absurdo que funciona sin necesidad de explicaciones complejas, e incluso, se revitaliza apoyándose de factores como la nostalgia, de la cual incluso se burla así misma, y de las escenas icónicas que aún resuenan entre los fanáticos, entregando un producto fresco, entretenido y satisfactorio como cierre de la historia del golfista.


En cuanto a sus puntos débiles, las críticas se concentran principalmente en las interpretaciones de Christopher McDonald, Benny Safdie, Ben Stiller y Lavell Crawford, así como en el abuso de cameos.

Christopher McDonald regresa como Shooter McGavin, el villano de la primera entrega, interpretando una versión más desequilibrada del personaje tras la derrota en la cinta original. Aunque su actuación es más intensa, el actor ofrece un performance casi caricaturesco, reduciendo su presencia a una parodia de si mismo y haciendo que su participación, de apenas 20 minutos, resulte poco memorable en pantalla. Benny Safdie, en el rol del nuevo villano, Frank Manatee, empresario y líder del "Maxi Golf", no logra transmitir la amenaza que su personaje requiere, ya que, a pesar de representar con solvencia a un hombre de negocios obsesivo, sus motivaciones rozan lo infantil, desentonando con el tono general de la historia. Ben Stiller, por su parte, regresa como Hall, el enfermero convertido en terapeuta de alcohólicos anónimos, y si bien, retoma con éxito el cinismo y malicia satírica del personaje, la ampliación de su papel lo vuelve incómodo y menos gracioso. Finalmente, Lavell Crawford, como Slim Peterson —hijo del difunto mentor de Happy— no encaja en la narrativa, con una participación forzada y carente de propósito. Respecto a los cameos, el problema no radica en su existencia, sino en su cantidad excesiva. Según datos oficiales de Netflix, la película cuenta con alrededor de 127 apariciones especiales, entre ellas golfistas como Bryson DeChambeau, Jack Nicklaus, Jordan Spieth y Scottie Scheffler; el rapero Eminem; y actores como Margaret Qualley, Rob Schneider y Steve Buscemi, haciendo que, con excepción de Scheffler y Eminem, la mayoría de estos famosos no aporten valor real al argumento principal, y en su lugar, evidencian un intento de la productora Happy Madison por deslumbrar con celebridades, restando coherencia al desarrollo de la cinta.

Happy Gilmore 2 no busca superar a su antecesora, sino rendirle homenaje desde una nueva perspectiva emocional y contemporánea, haciéndolo con inteligencia al conservar la esencia que hizo entrañable al personaje e incorporándola a los retos de la sociedad moderna. Como producto, es una comedia divertida, sólida, con momentos memorables y una que otra actuación destacada, pero también lastrada por decisiones que le impiden alcanzar el nivel icónico del original, pero, aun con ello, se posiciona fácilmente como una secuela digna que cumple con su cometido: decirle adiós a Happy Gilmore con una sonrisa.





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